
Zapallitos, cebolla, aceite, sal, pimienta, un huevo, y no tanto más.
Mami me enseñaba cuando yo apenas asomaba mi naricita por encima de la mesada de granito de mi casa. Y cuanto lleva de esto?. Es a ojo, gatita, es a ojo; me decía ella.
Y así, a ojo, también hacía la masa, fantástica, preciosa, perfecta.
Y papá que decía "Otra vez tarta de zapallitos?". Sí, porque la tarta de zapallitos era más que una comida. Era la noticia de que mami había venido a cocinarme. La mami que me crió, no la mami que me parió.
La vieja loca, la que una vez puteó a un colectivero porque le quería cobrar un boleto de más.
La que una vez le puso el bolso con verduras arriba del capó de un auto de lujo que pensaba pasar sin respetar la senda peatonal. La que una vez agarró un adoquín con las dos manos y se la tiró a un perro que la tenía re podrida, porque le pisaba la vereda después de meterse a la zanja.
La vieja loca, la que nunca usaba polleras. La que jamás se maquillaba. La que tenía como 4 cepillos de dientes a pesar de que vivía sola.
Esa era la que me daba todos los gustos. La que cocinaba espantoso.
Excepto la gloriosa tarta de zapallitos. Divina, anunciaba la llegada por unos días de la abuela rebelde, que se divorció, y volvió a salir con otro tipo separado, cuando hacer eso estaba mal visto para la sociedad de la que ella se cagaba de risa en la cara.
Por eso que la tarta de zapallitos no es solo una comida. Es un recuerdo, es ponerle el cuerpo y el olorcito a esa mami que ya no está, es cortar, mezclar, cocinar como lo hacía ella. Cocinar a ojo. Vivir a ojo. Y amar a ojo. Todo eso sin errarle.